
Por María Eugenía Ferrés Márquez
ARIADNA DORMIDA
Mármol blanco 150-175 AC; 99X283 cm.
Esculpida en el siglo II A.C, en la escuela cretense de Pérgamo.
Desde el siglo XVIII, pertenece a la Colección Velázquez, Museo Clementino Pío, de la Galería de las Estatuas.
Originalmente fue adquirida por el Papa Julio II, en 1512, ubicándola como figura central, en una fuente, de los jardines del Belvedere.
[El patio del Belvedere, o cortile del Belvedere, es un gran complejo de edificios ubicado al norte de la basílica de San Pedro en el Vaticano y de los Palacios Apostólicos de Roma.
Fue realizado, a partir de la primera mitad del siglo XVI, según la voluntad del Papa Julio II y siguiendo un proyecto de Donato Bramante, que no vio terminada su obra, para unir el Vaticano con la colina en la que había una antigua edificación conocida como casino del Belvedere por sus magníficas vistas].
El Papa Julio II, creyó siempre que era la escultura de Cleopatra suicidada por el veneno del áspid, ya que la escultura tiene una pulsera con forma de serpiente enroscada en su brazo.

[El veneno tiene efectos de coagulante y de anticoagulante. La actividad del anticoagulante es al parecer más fuerte que la del Daboia Russelii. El veneno puede también afectar la estructura glomerular y puede conducir a la muerte debido a fallo renal].
Fue el anticuario Ennio Quirino Visconti quien, finalmente certificó a fines del 1700, que no era Cleopatra, si no, Ariadna la figura de la escultura.
(Acompaño un cuadro de Diego Velázquez, del jardín de los Medici, quien pinta en el fondo del cuadro tenuemente la figura dormida de Ariadna).

En la escultura la figura de Ariadna yace al aire libre sobre una roca, reposa sobre su manto con la actitud característica del durmiente, su rostro exhausto y transido de dolor, por haber sido abandonada por el ingrato Teseo, en la isla de Naxos y busca el olvido en el sueño.

En la mitología, Ariadna fue una princesa cretense, que, para salvar a Teseo del Minotauro, le entregó un hilo de oro para que pudiese escapar del laberinto del monstruo.
En una de las fotos hay la de un niño boquiabierto, de impresión y admiración frente a una obra de arte. (Es una foto oportuna de la fotógrafa manchega Teresa García).




